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domingo, 15 de mayo de 2011
domingo, 24 de abril de 2011
Ironías varias
Estas últimas semanas, casi como una alineación de los planetas, el país está convulsionado porque van a tener lugar cuatro enfrentamientos deportivos entre los rivales más acérrimos: el Barça y el Madrid. Las calles se vacían, los bares se llenan, las conversaciones se tornan monotemáticas, los aficionados se inflan de orgullo y competitividad. La gente se apasiona. Pero yo, desde mi silla, contemplo esto con estupor.
¿Cómo es posible que estemos viviendo una crisis de tal magnitud, que haya millones de parados, que haya revueltas populares a lo largo y ancho del globo, que una guerra se esté desatando en Libia, que sólo programen basura en la televisión y que la gente sólo desate su pasión y se manifieste y acuda en masa cuando 22 señores se pongan a dar patadas a un balón? Y creemos que somos más evolucionados que aquellos ciudadanos de Roma que se reunían eufóricos en el circo para ver como un león se jalaba a un cristiano.
A veces creo que lo han conseguido, que la idiocracia en la que vivimos ha logrado su fin: dormirnos con nanas, desencantarnos y hacer que reivindiquemos y luchemos sólo cuando un tío al que inmerecidamente le pagan miles de millones salta al campo de juego. Y eso me produce una tristeza inmensa.

martes, 19 de abril de 2011
Descubrimientos personales
Lo que quiero decir con todo esto es que no es un pecado que entrada la veintena descubras cosas sobre ti mismo, cosas que quizá no te gusten o que jamás esperarías. No hay que dejarse llevar por las creencias populares. Vivimos en una época convulsa que nos presiona para que sepamos qué queremos, quiénes somos, cuáles son nuestros planes de futuro, pero que, sin embargo, no nos da tregua. Date prisa, la vida es corta, ten las cosas claras. Desde aquí yo digo: tranquilo, respira, siéntate a coger aire, tómate el tiempo que quieras en conocerte. Porque después de todo tú y sólo tú estarás contigo el resto de tu vida.
lunes, 18 de abril de 2011
Final del tercer acto
He de reconocer que no soy una persona muy dada a expresar mis sentimientos, ya sea en público o en privado. También me concederé a mi misma el hecho de que soy optimista, capaz de quitarle hierro a cualquier asunto y relativizar incluso cuando no debería. Llevo tantos años representando ese papel que lo tengo perfectamente interiorizado. Y hasta ahora me ha ido bien. Pero lo cierto es que de vez en cuando una debe abrazarse al deber terapéutico de regodearse en su propia mierda, de dramatizar y de dejar salir toda esa impotencia que lleva acumulada. Todo sea por no perder la cordura.
Por eso mismo hoy diré, sin miedo a equivocarme, que puedo sentir éste como el momento en que me cerré completamente. No es que esté siendo contaminada por haber estado escuchando Nirvana y Radiohead a un volumen tan alto que no podía escuchar mis propios pensamientos durante las últimas 48 horas para desgracia de mis vecinos. Es simplemente lo que necesitaba. Y quizá lo peor de todo es que escucho voces familiares de mis amigos diciéndome frases tan trilladas como “No pasa nada, que la vida no se acaba aquí” o “No puedes hacerte la víctima, tienes que seguir adelante con tu vida”, induciéndome a mí misma a no pensar más en el asunto. Pero es que necesito ser la víctima porque, de hecho, lo soy. La vida me ha puesto muchas zancadillas a lo largo de los años. Como a todo el mundo, pensarán algunos. Sí, como a todo el mundo, pero ahora estoy hablando en primera persona. La cuestión es que ya no puedo más y no pienso preguntarme por qué a mí. Sólo exijo mi derecho a sentarme delante de la pantalla del ordenador a ver cualquier comedia romántica y llorar durante horas mientras restrinjo mi dieta a cigarrillos y Coca-Cola Light.
Esta es una reflexión, un mero ensayo que mi mente necesita vomitar aunque desconozco cual es el propósito final. Al fin y al cabo el daño ya está hecho, no hay solución mágica que lo arregle. Lo único y maravillosamente tangible es que, de ahora en adelante ya no seré la misma. No confiaré en mi misma, ni mucho menos en mis elecciones y cuando alguien me diga que la vida es larga y que estas cosas le pasan constantemente a todo el mundo, yo soltaré una carcajada interna y cambiaré de conversación. Y si la vida quiere seguir tirándome al suelo yo se lo pondré más fácil de lo que se lo ponía hasta ahora. Simplemente me cerraré, no dejaré que nadie entre. Esa es la lección que finalmente he aprendido: no puedo regalar mis afectos porque incluso la persona que no podría traicionarme nunca acaba resultando un portador del virus que poco a poco mina mi sistema.
Espero que si alguien lee esto, alguien que me conoce de verdad, sea consciente de que pasarán años hasta que vuelva a abrir la puerta de mis pensamientos. Cuando le ponga punto final a este texto volveré a seguir desempeñando mi papel de chica despreocupada y que se guarda sus sentimientos para ella misma. El show debe continuar.
domingo, 17 de abril de 2011
Como la vida misma
Uno puede enfrentarse a los acontecimientos de la vida con humor durante años, a veces muchos años, y en algunos casos mantener una actitud humorística casi hasta el final; pero la vida siempre nos rompe el corazón. Por mucho valor, sangre fría y humor que uno acumule a lo largo de su vida, siempre acabará con el corazón destrozado. Y entonces uno deja de reírse. A fin de cuentas ya sólo quedan la soledad, el frío y el silencio. A fin de cuentas, sólo queda la muerte.Las partículas elementales - Michel Houllebecq

